Hubo un tiempo, en la denominada etapa dorada de los videojuegos, donde había una fórmula para pasarte esa fase o juego en el que te habías quedado sin terminar por su dificultad. Pulsando unos patrones en el mando de la consola conseguíamos potenciadores o vidas que facilitaban el juego. Se trataba del huevo de pascua más legendario, el llamado código Konami. Y todo surgió por el despiste de un programador.

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